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Historias de Navidad: Travesuras de Navidad

23/12/2021 - Tiempo de lectura: 4 min

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Travesuras de Navidad

La vida era más lenta, los días más largos y los meses una eternidad. Tenía que levantar la mirada para descubrir más del mundo y las personas que me rodeaban, y sentía con intensidad los aromas de los almuerzos de un domingo con la familia materna, esperando los ravioles con tuco de mi Nona.

Eran los años en los que contábamos los días y las horas para la Navidad, el Año Nuevo y la Noche de Reyes. En esos días previos, había un aroma especial en el aire, como cuando olías un juguete nuevo o sacabas los adornos del árbol de Navidad…¡Era mágico! Entonces, se avecinaba el desafío secreto de los hermanos mayores, quienes nos dedicarnos a explorar la casa sigilosamente en busca de aquél lugar seguro donde el Viejito Pascuero podría haber dejado los regalos por adelantado para que después sus duendes los acomodaran debajo del pino de Navidad. Para ello, sigilosamente, organizábamos un mini equipo, sin que supieran los niños menores de la familia, para disimuladamente buscar qué nos tocaría recibir el 24 en la noche. Tuvimos suerte algunas veces, y los lugares que al Viejito Pascuero le habían parecido seguros fueron: detrás de un sillón en la habitación de mis padres, dentro del Fiat 600 que mi mamá ya no conducía por estar viejito o dentro de un Peugeot 404 que mi papá guardaba como una reliquia.

¡Pero la expedición regalos no terminaba allí! Seguíamos espiando un poquito más de esos objetos tan codiciados cada día, con la intriga de poder sacarlos de su caja y ¡sacarles el jugo jugando con ellos! Debo confesar que una vez en la vida, como hermana mayor, me sentí con la autoridad de poder alterar lo que los Reyes Magos habían decidido como regalos. Y por eso, con la gran ansiedad que me invadía, desperté muy temprano aquél 6 de enero en los ochentas, y cambié mi regalo por el de mi hermana María Laura y volví a dormir hasta más tarde cuando las cuatro iríamos corriendo a ver qué nos habían dejado los Reyes. Fue así que un poco decepcionada, mi hermana miraba que mi regalo le parecía más adecuado para ella, ya que no le convencía mucho la “fabrica de hacer Pitufos de arcilla” sino que le gustaba más la fábrica del Topo Gigio.

Finalmente, después de un tiempo tuve que confesar mi acto de sinvergüenzura y hacerme cargo de la mirada tenaz de mis hermanas por sospechar  cuántas otras veces podría haberlo hecho con sus regalos. Sin embargo, esa fue la única vez, ya que fue divertido pero quedó un cargo de conciencia también. Ahora puedo revivir esas Navidades, Años Nuevos y Reyes al observar detalladamente a los pequeños de la familia que van y vienen con esa ilusión en la mirada por descubrir el presente que les toca año a año por ser la esperanza y la alegría de la familia que componen. Y a pesar de estar muchas veces lejos de ellos, exigir hasta el hartazgo, que tengan la cámara siempre lista para plasmar sus caritas llenas de inocencia y también de picardía y poder ver nuevamente nuestra vida a través de ellos, como nuestros padres se verán reflejados en nosotros.

Pamela Rodríguez